José Ramón Sandoval está teniendo que afrontar momentos muy duros en su estreno en el fútbol profesional. Su ánimo, su constante apoyo a la plantilla y su fe en los jugadores están favoreciendo que el equipo se mantenga en pie. Sandoval sufre y disfruta el Rayo Vallecano.
Opinión. Si alguien le hubiera dicho al bueno de Sandoval en aquellas tardes de verano en las que su futuro estaba más lejos que cerca del Rayo, que a estas alturas iba a estar líder de Segunda División pero con el club al borde del precipicio, seguramente se hubiera echado a reír, y no por lo primero. Sandoval llegó al Rayo Vallecano con una única idea en la cabeza: quería triunfar. Lo hizo nada más llegar, enderezando el rumbo de un filial a la deriva, hasta tal punto de lograr el hito histórico de ascenderle a Segunda División B, donde, por cierto, sigue maravillando. Lo hizo cuando cogió el toro por los cuernos y, después de una temporada negra en la que se despidió a Pepe Mel, se maltrató a Felipe Miñambres y se salvó la temporada por los pelos, se hizo cargo de un proyecto que está dando sus frutos. Todos vimos en él al hombre ideal. Sus ganas, sus pocos vicios -arrastrando jugadores siempre pegados a tu futuro- y su filosofía de cantera, nos enganchó a todos. En los que mandaban hubo alguna voz que no estuvo muy de acuerdo, pero ante la presión general terminó por claudicar. Sandoval les convenció… y ahora ¿qué?
Hace poco me decía un jugador que buena parte de sus ganas, de su buen rollo, de su estabilidad ante los malos momentos se lo deben a este hombre. Sandoval ha seguido animando, apoyando, empujando y creyendo en unos jugadores a los que la familia Ruiz-Mateos no ha sabido tratar. Primero se les pidió confianza, se la dieron, después que se apretaran el cinturón y que arrimaran el hombro, lo hicieron -sin rechistar- y después que siguieran confiando, arrimando el hombro, esperando y confiando y arrimando el hombro y… callejón sin salida. Lamentable.
Sandoval se ha convertido en el interlocutor válido entre la familia y la plantilla. Sus reuniones con los dueños del dinero, perdón por la ironía, están manteniendo viva la llama de una solución. El otro día se volvió a ver las caras con ellos, y al parecer no hubo ultimátum. ¿Qué ultimátum podría haber?, ¿huelga?, ¿encierro?. Alguien que sabe de esto me confesaba en una de esas largas charlas que sobre fútbol y Rayo solemos tener que cuando no hay dinero no puede haber presiones, porque no hay dinero, eso parece evidente a estas alturas.
Mientras tanto, su discurso sigue siendo el mismo. Fe en la plantilla, ánimo constante para sus jugadores, sus gladiadores, esos hombres que a pesar de las dificultades -varios me aseguran que empiezan a pasarlo mal después de nueve meses sin cobrar- no han bajado su rendimiento y mantienen al club, ese club que no les paga, líder de Segunda División. Sandoval sabe dónde está. Sandoval le ha dicho a su gente que podrán irse a otros clubes donde ganarán más dinero -tal como están las cosas debería decir que simplemente ganarán dinero-, pero no encontrarán el sentimiento que hay aquí.
El míster del Rayo estudia el fútbol, vive el fútbol, disfruta con el fútbol y lo hace con corazón. Cuando acaban los partidos se empapa del ambiente de la grada, les mira, les aplaude, respira su rayismo y se le ve feliz. A pesar de la que está cayendo. El fútbol no está siendo todo lo justo que se merecería. El mismo lo ha dicho en alguna ocasión. «No estoy disfrutando como me gustaría», porque la realidad de fuera se come a la de dentro, por mucho que intente hacer de psicólogo y trabaje la moral de su gente con sus ánimos y su apoyo.
Cuando esto acabe, Sandoval habrá dado muchas lecciones, pero también habrá aprendido muchas otras. El Rayo es diferente, eso ya lo sabe, su afición es el patrimonio más grande, y en el futuro, Sandoval, guardará un recuerdo imborrable de todos aquellos paseos en solitario tras los partidos, sintiendo el rayismo, sintiendo la franja roja y pensando que, dentro de poco, el fútbol le devolverá lo que se merece.
