Opinión. La subida de precios de los abonos del Rayo para los aficionados que fueron fieles al club durante su paso por Segunda B y Segunda División nos invita a reflexionar sobre la política de abonos.
Opinión. Cuando alguien se afana, se empeña e insiste en explicar algo continuamente solo puede haber dos razones: o te toma por tonto o lo que te está contando no tiene ni pies ni cabeza. Quien quiere explicar que una subida de precios no lo es, o que la que es significa modernidad, adaptación a los tiempos que corren y cimientos de futuro, o te toma por tonto o lo que está contando no tiene ni pies ni cabeza. ¿Por qué tanta palabrería para explicar que los abonos de «premio» les molestan y que los que apoyaron al Rayo en Segunda B y Segunda División no deben tener ningún privilegio? La cosa está muy clara. Aquí no se pretende ser más modernos (porque habría que empezar por otros cien sitios antes que por subir el precio de los únicos que se gastan el dinero que ganan todos los meses, con suerte), ni adaptarse a los tiempos que corren (porque entonces habría que bajar, qué digo bajar, tirar los precios), ni siquiera acercarse a los otros equipos de su entorno (¿a qué equipos nos referimos?, ¿a algún vecino en concreto?). Aquí solo hay una explicación, los que deciden los precios de los abonos se han propuesto deshacer el camino que hicieron hace bien poco y situar a los fieles de décadas de rayismo al nivel de los recién llegados. La idea es buena, pero la forma de llegar a destino me parece, cuando menos, la más inoportuna de todas. ¿Por qué no se igualan los precios acercándolos a los que menos pagan y se mantienen los de aquellos que han sido fieles al club, al escudo, a la camiseta y al sentimiento rayista? Al aficionado al fútbol se le maltrata con los horarios de vergüenza de viernes y lunes, de sábados a las cuatro de la tarde y domingos a las nueve de la noche y, encima, se le hace pagar más. Así está montado este ‘tinglao’.
Dentro de poco habrá quien empiece a lamentarse al ver cemento y más cemento en los estadios de fútbol (en algunos estadios de fútbol) y entonces nos echaremos las manos a la cabeza por haber explotado al señor que con toda la ilusión de su vida pagaba lo que le pedían (y con suerte toda su familia) para acudir cada domingo a vivir un partido de fútbol, con su camiseta, con su bufanda… con su ilusión. Lo más bonito del fútbol, el ambiente, la afición, las gradas repletas, puede pasar a mejor vida y todo ‘por un puñado de euros’ que deberían generarse con publicidad, contratos televisivos y trabajo diario.
Yo sigo insistiendo, ¿por qué no ‘patearse’ los colegios de Vallecas y enganchar a todos los niños del barrio? ¿por qué no hacerlo con las escuelas de fútbol? (ah, no, perdón, que son competencia para la Fundación), ¿entonces?, si la idea es llenar el estadio… ¿por qué no se buscan otras alternativas? ¿no será mejor 14.000 a un precio más asequible que 7.000 a un precio más alto (seguro que en esto cualquier entrenador y jugador estaría de acuerdo conmigo)? No sé… quizá no me funcione la calculadora en estos días. En cualquier caso, que con la que está cayendo en este puñetero país, cualquier persona con poder, con capacidad de mando, con opciones de decidir, se incline por subir los precios, me parece bochornoso y si encima se hace con aquellos que han sido fieles durante años a un club en el que ninguno de los que manda actualmente había estado ni medio cerca, mucho más. Me da rabia pensar que un solo rayista deje de enfundarse su camiseta, de agarrar su bufanda y de cantar la vida pirata porque la crisis, el paro… y la ‘modernidad’ del Rayo se lo impida. Un poco de cabeza y sentido común, por favor.
