Opinión. «¿Por qué no hay una revolución total de los modestos? ¿Por qué nadie se planta y dice ‘Hasta aquí hemos llegado, señores’? Está claro, mientras me sigan dando las migajas puedo subsistir».
Opinión. Ya está aquí otro de esos partidos en los que uno tiene poco que perder y, en cambio, muchísimo que ganar, en los que el que no se consuela es porque no quiere y en los que, aparte de ‘sufrir’ a las rutilantes estrellas del Barcelona de turno, uno debería sentirse orgulloso de ver a los suyos, el equipo de su barrio, el Rayito, peleando con este mastodonte transformado en sociedad deportiva.
Pero más allá del orgullo y la alegría que me produce ver a nuestro Rayito batiéndose el cobre con los Atléticos, Reales y Barcelonas, hoy mi reflexión me lleva al manido y repetido lamento de siempre. ¿Qué sería de esta competición si los repartos televisivos fuesen algo más honrados? ¿Qué sería de la Liga si las distancias fuesen menores? ¿Qué pasaría si entre el que más cobra y el que menos no hubiese siglos de diferencia (porque varios clubes están en la prehistoria del fútbol actual)? La Liga ha metido mano en el asunto de las deudas, ha puesto unos topes, unos límites, unas condiciones… pero de momento hace poco en relación a otros asuntos de gran interés.
Aquí está claro que la cosa funciona cuanto mejor les va a los poderosos, parece ley de vida, ¿verdad? Y los demás quedan al servicio de los ‘señoritos’, que disponen de los mejores horarios, de las mejores condiciones, de la mejor vida posible, mientras el resto penan y padecen para sobrevivir.
En una ocasión, alguien que sabía de lo que hablaba me dijo que las audiencias televisivas del Rayo Vallecano eran paupérrimas y que a los canales que se encargan de la distribución de este deporte de negocio casi les saldría más rentable no retransmitir los partidos de algunos equipos. Claro, pero entonces tampoco cuando los rivales fueran esos que revientan las audiencias cada semana, o sea, volvemos al principio, que jueguen ellos solos, ¿no? Porque si solo intereso cuando me enfrento con ellos, ¿a qué me dedico el resto del tiempo? De vergüenza. Las justificaciones no se sostienen por ningún lado.
Luego está la otra cara de la moneda. ¿Por qué no hay una revolución total de los modestos? ¿Por qué nadie se planta y dice ‘Hasta aquí hemos llegado, señores’?, más allá de reuniones que no han llevado a nada… Está claro, mientras me sigan dando las migajas puedo subsistir, porque queramos o no, ningún club vive de los abonos y aportaciones varias de sus socios, no a estos niveles profesionalizados. ¿Entonces? Me contento con que me suban una pizca la aportación del año anterior, que me dé lo suficiente para pagar los gastos corrientes y rebajar parte de la deuda acumulada durante años de dispendio y demás barbaridades… y punto en boca. La hipocresía es evidente.
Por último, con todo esto, el que sufre es el de siempre: el aficionado de bufanda y bocadillo, el de kilómetros de carretera, el de ‘voz en grito’, el que pasa por taquilla para pagar eso que dicen no sirve para casi nada. A ese siempre se le maltrata, se le manda a Granada a jugar un viernes o, si no, que juegue un lunes… o un domingo a las once de la noche, que el veranito da para estas «fiestas». Da igual que los campos estén medio llenos o medio vacíos, aquí interesa vender el producto en el exterior, hacer ‘Challenges’ y ‘Tours’ por Asia, Africa, América y donde haya un dólar, un yen o un dinar que siga llenando las arcas de los que antes las habían vaciado. Mucho mirar hacia afuera, mientras se sigue maltratando al de dentro. Paradojas de la vida, se busca en el exterior lo que no sabes cuidar en tu propia casa. Otro sinsentido. Otro despropósito. Otro partido del ‘siglo’ en Vallecas, de esos en los que hay poco que perder y mucho que ganar (algunos más que otros). Suerte a mi Rayito.
