Luis Miguel Arconada fue uno de los grandes protagonistas del fútbol español en la década de los 80. El cancerbero de la Real Sociedad quedó marcado por un gol, pero su trayectoria fue impecable.
Fue un auténtico ídolo en su época. El antecesor de los Casillas, Valdés o Reina, el hombre que rozó un título con la selección pero que, lamentablemente, se le escapó de entre las manos, así fue, y así será recordado, por un gol injusto, feo, decepcionante y doloroso, muy doloroso en el Parque de los Príncipes de París. Pero Arconada fue mucho más que un gol, fue mucho más que un error puntual, Arconada fue uno de los mejores porteros de la historia del fútbol español. Para algunos, el mejor.
Su historia viene marcada por dos escudos, el de la Real Sociedad y el de la Selección española. Sus espectaculares paradas serán siempre recordadas y ligadas a la imagen del viejo y añorado estadio de Atocha en San Sebastián. En aquel lugar mítico donde se conjugaban el espíritu futbolístico con el sentimiento más profundo de sus gentes, donde el empuje, la garra, el aliento y la presión asfixiante no dejaban lugar al desánimo, allí nació, creció y se consagró el gran Luis Miguel Arconada.
Sus primeros pasos como portero profesional, después de haber militado en las categorías inferiores de la Real Sociedad, datan de la temporada 74/75. Por aquel entonces, otros dos grandes porteros, fruto de la inagotable cantera de guardametas vascos, le cerraban el paso. Urruti y Artola, eran los predecesores de un joven con proyección y con ganas de comerse el mundo, que llegaba dispuesto a aprender y convertirse en lo que fue, el mejor referente de la Real Sociedad.
Con Artola camino del F.C. Barcelona y con Urruti, obligado por la aparición Arconada, haciendo las maletas rumbo al Espanyol, ya no hubo rival. Arconada se asentó en la portería de la Real y de ahí a la selección. Más de cuatrocientos partidos de liga resumirían su trayectoria pero, sin duda, nos quedaríamos cortos porque los títulos también le acompañaron, fruto de la mejor combinación de futbolistas que jamás se ha dado en la Real Sociedad. Varios trofeos Zamora fueron el reconocimiento personal a los logros de un equipo que en los inicios de la década de los 80 firmó sus mayores logros. Consiguió dos ligas y un subcampeonato, una copa del Rey y una supercopa, además de alcanzar las semifinales de la antigua Copa de Europa, siendo eliminados por el Hamburgo alemán.
Su trayectoria con la selección española también fue notable. Estuvo presente y fue suplente en el mundial de Argentina de 1978, aquel en el que el gran Miguel Angel, portero del Real Madrid, sería titular. Después, ya como capitán del combinado nacional participaría en la Eurocopa de Italia 1980, en el Mundial de España 1982 y en la Eurocopa de Francia 1984. Fue precisamente allí donde Arconada sufrió el mayor ‘revolcón’ de su carrera. Nos situamos en el mítico Parque de los Príncipes de París, el 27 de junio de 1984. España había llegado a la Eurocopa dejando en la cuneta a Holanda, gracias a una goleada histórica conseguida ante la débil y siempre sospechosa Malta (al menos para los holandeses). En el camino de la competición Rumanía y Portugal nos obligaban a derrotar a la temible Alemania y Maceda, con un impresionante remate de cabeza, metió a los españoles en las semifinales. Tras una agónica tanda de penaltis ante Dinamarca, la selección estaba en la final y debía jugarse el título con la anfitriona y favorita, la Francia de Platini. Con empate a cero en el marcador, el capitán galo se disponía a lanzar una falta desde la frontal del área. Arconada colocó la barrera, se situó en su palo y atajó el disparo de Platini. Todo parecía controlado pero, incomprensiblemente, el balón se escapó bajo el cuerpo del cancerbero vasco y se introdujo en la portería española. El resultado final sería 2-0 a favor de Francia, en un partido que siempre será recordado por el error que acompañó la trayectoria de un portero espectacular.
«No pasa nada, tenemos a Arconada». En San Sebastián lo tenían claro. El portero de los ‘txuri-urdin’ gozó siempre del apoyo de los suyos. La afición donostiarra hizo famoso un grito de guerra que demostraba el aprecio y el cariño que hacia Arconada sentía la grada del mítico Atocha, siempre con él hasta que a los 35 años y con una dilatada carrera profesional decidía colgar las botas.
Dedicado a negocios particulares, Luis Miguel Arconada ha visto como su hermano Gonzalo seguía vinculado al mundo del fútbol, mientras él miraba de reojo y con añoranza las andanzas de su Real Sociedad.
El entrañable gesto del valenciano Andrés Palop
Se me encogió el corazón. Aquel día en que toda la España futbolística vibraba con la consecución, por fin, de un título tan esperado y deseado como era la Eurocopa, aquel día, un gesto, un guiño al pasado de Andrés Palop provocó en mí una mezcla de sentimientos. Por un lado, evidentemente y por encima de todo estaba la alegría, inmensa alegría, que me produjo ver a Casillas levantar una copa que nos pertenecía a todos y, por otro, la añoranza y el sentimiento de que el pasado nos debía esa misma copa que Arconada no pudo levantar aquella fatídica tarde parisina. El cancerbero del Sevilla, símbolo del jugador modesto que se labra un futuro a base de trabajo y esfuerzo, después de «chupar» banquillo a la sombra de otros grandes porteros, se enfundó la zamarra verde de su ídolo y nos devolvió a 1984. A mí y a unos cuantos nostálgicos del fútbol, aquellos que vibramos con el gol de Maceda a Schumacher y que nos sentimos abatidos cuando Platini nos clavó un puñal en el mismo corazón, aquel corazón que latía con fuerza viendo a la selección española cerca de lograr un título. Lo de Malta fue un subidón, lo de Francia un accidente, lo de Palop un gesto que le define: grande.
