Opinión. La última moda en nuestro fútbol pasa porque los grandes de la liga se dedican a protestar por los arbitrajes. Real Madrid y Barcelona han entrado en una espiral de quejas que les deja en mal lugar.
Opinión. En el fútbol actual cualquier cosa es posible. Que el Rayo Vallecano, con el presupuesto más humilde de la Primera División sea capaz de ‘mojarle’ la oreja a un Atlético de Madrid que con un solo hombre sanearía la economía del club, o que se mantenga entre los aspirantes a los puestos europeos, es posible. Que el Levante, que anda a la par de los vallecanos en cuanto a «los dineros» siga peleando en competición europea, también es posible. Y lo que parecía desterrado, que los grandes empequeñezcan y se conviertan en ‘clubes-protesta’, ahora parece que también lo es.
Me da vergüenza ajena cuando escucho a los entrenadores, jugadores o directivos de los más poderosos de nuestra liga quejarse amargamente, aquellos que siempre fueron favorecidos y lo siguen siendo con tantos privilegios que es mejor no tenerlos en cuenta para evitar entrar en depresión, los mismos que no tienen problemas de horarios salvo cuando juegan a las doce de la mañana o las cuatro de la tarde -la hora de la comida o de la siesta es sagrada para ellos, claro-, los que gozan de las mejores condiciones en todos los sentidos para practicar el fútbol. Los privilegiados, ahora resulta que también tienen razones para quejarse, y lo hacen sin ruborizarse.
Es lamentable escuchar a Karanka decir lo fácil que es expulsar a los jugadores del Real Madrid y esperar con ansiedad el día en que su equipo acabe con once jugadores un partido. Es penoso verle protestar porque Ramos es expulsado y Lass no -quizá alguien podría explicarle las diferencias entre cortar el pase de un contrario con la mano, sobre todo cuando acabas de recibir una tarjeta amarilla, o ayudarte a hacer un control en el centro del campo- y así una tras otra. Mourinho protestó en el Bernabéu la mano de Lass, pidió la tarjeta, solicitó la expulsión, gesticuló… en fin, hizo lo que hace un entrenador cuando ve algo que no le gusta. El resultado de su acción, una amonestación. ¿Qué piensa Jémez? Que todo es mucho más fácil si eres entrenador del Real Madrid o el Barcelona. A él, por decir «Eso es mano» le expulsaron y le sancionaron con dos partidos, ¿doble rasero?, ¿injusticia? Nadie en el Real Madrid se quejó por la mano de Coentrao dentro del área. Penalti, sí señor, penalti. Karanka debía estar pensando en otra cosa.
La última llega del otro lado del «bipartidismo» en el que se ha convertido desde hace muchos años esta liga marcada por el dinero. Ahora es el Barcelona el que deja caer la influencia de tal o cual árbitro en sus resultados. Con este se nos da mal, este nos perjudica más que nos beneficia, este… ¿pero qué está pasando? Es bochornoso escuchar a ciertos tertulianos hablar de una estrategia ente Vilanova y Roura para intentar desestabilizar al colegiado del encuentro de esta noche ante el Real Madrid. Claro, habrán pensado que si unos lo hacen… ¿por qué no lo vamos a hacer todos?
Y si esto es así, ¿qué debería hacer Manolo Jiménez cuando ve que le roban un gol por una falta inexistente ante el Valencia?, ¿o qué debería hacer el Valencia mismo cuando se cruza contra el Madrid y sus «manos invisibles»?, o el Granada, el Celta, el Deportivo o el Osasuna, que nunca salen en las repeticiones, porque es mucho más importante ver la cara de Cristiano preguntando los años que tiene Valerón y sorprendiéndose al comprobar que a su edad sigue peleando por los campos de Primera.
Este negocio es una ruina. Si los que tienen razones para protestar no pueden protestar, porque las consecuencias pueden ser peores todavía, y los que no tienen razones para protestar se las inventan para justificar sus fracasos o posibles fracasos, esta farsa supera ampliamente las expectativas. Que dejen de quejarse y que se dediquen a vivir de sus rentas, a disfrutar de sus goleadas, a saborear sus títulos, mientras el resto de los mortales nos conformamos con ver a los nuestros dejarse el alma por cada balón dividido en cada partido de esos que, después, nunca salen en los resúmenes.
