Más de veinte años después de su última aparición en la élite, el Granada de Pina -un presidente poco habitual- y de Fabri -un entrenador en desuso-, lucha por conseguir la fórmula que le permita sobrevivir en una liga tremendamente competitiva.
Confieso saber poco sobre el Granada, mi memoria no me da para acordarme de aquel equipo que hace más de tres décadas se ganó fama de duro entre sus rivales. Sin embargo buceando en Internet y consultando con los mayores, me doy cuenta de que el equipo nazarí es uno de los históricos del fútbol español y que afortunadamente se ha recuperado para la élite del balompié.
Sinceramente, me alegro de que haya ascendido y que el mapa del fútbol de Primera se amplíe fuera de los ya consabidos Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia… Igual que en su día fue en soplo de aire fresco la llegada del Almería, también la del Compostela, mucho antes, la del Mérida el Extremadura o el Albacete en sus tiempos… el ascenso del Granada viene a renovar el dibujo de la Primera División y eso siempre es de agradecer.
Además, esto viene a culminar la fórmula exitosa de Quique Pina, al que adoran por Granada al haber conducido al equipo, en apenas dos años, hasta el Olimpo. Fuera de ello, hay que dejar claro que el equipo no lo está haciendo nada mal en esta temporada en Primera División.
Ahí están los de Fabri, en el puesto quince de la tabla clasificatoria, con cinco partidos ganados, cuatro empatados y ocho perdidos, once goles a favor y veintiuno en contra. Estoy seguro que eran, más o menos, los números que se esperaban en la entidad a estas alturas: estar en la pomada por la permanencia que no es, ni más ni menos, el objetivo que debe tener el club. Este sábado, ante el Rayo, tienen otra prueba de fuego a superar en ese particular duelo por conseguir la permanencia.
