El Estadio de Los Cármenes es uno de esos lugares especiales, donde el fútbol se transforma. La atmósfera es asfixiante y el espectáculo se transforma en algo que todos los que amamos este deporte deberíamos experimentar.
Opinión. Da gusto visitar estadios como este. Lleno hasta la bandera, ambiente de gala, animación excepcional y trato correcto, por lo general, hacia el rival. Así es el Estadio de Los Cármenes, un lugar donde se respira, se vive, se palpa el fútbol. La grada aprieta, es apasionada y las emociones se disparan. El Rayo fue capaz de rebajar la pasión de los aficionados rojiblancos, pero aún así, ese estadio es diferente.
Da gusto visitar estadios así. Los primeros minutos de cada encuentro son un auténtico espectáculo. La electricidad recorre cada palmo del césped y la grada, y la comunión entre equipo y afición es total. Ahí, el Granada está intentando cimentar sus opciones de permanencia, ahí, los de Fabri saben que tienen un baluarte importante para aferrarse a una tabla de salvación que les permita seguir en la lucha.
La visita del Rayo Vallecano, rival directo en la lucha por conseguir sus objetivos, dejó la impresión de partido grande, con sabor a mucho más que tres puntos. También los jugadores contribuyeron a calentar los ánimos, o quizá fueron los propios jugadores los que se sintieron contagiados por la presión que llegada desde las gradas. Sea como fuere, el resultado es el mismo. El Estadio de Los Cármenes debería mantenerse por muchos años en la élite. Lo merece.
Aparte quedan algunos desalmados que, entendiendo mal la diferencia entre animar, apretar y llevar en volandas a su equipo, se dedican a estropear un espectáculo que el resto de la grada sí entiende. Ayer, en la celebración del gol de Michu, uno de estos personajes que de vez en cuando se cuelan en nuestros estadios lanzó una botella de agua, vacía, sí, pero la lanzó. Lo especial vino después. Toda la grada se dirigió al agresor gritando «fuera, fuera» y entre unos cuantos consiguieron sacarle del estadio. Una lección de civismo. Y el susodicho, y los amigos anónimos que tenga en el resto de España, que no vuelvan.
