Un escudo destrozado a golpes de corazón

Opinión. Un presidente explicando en una pizarra un sabotaje que nos dejó en evidencia y un equipo que deambuló por Pucela como si con él no fuera la cosa, han dejado una semana de penitencia y sufrimiento por Vallecas.

Opinión. Una vez más ha sido el paso del tiempo, de las horas, de los momentos, el que me ha dado la inspiración suficiente para meterme en harina. Los últimos acontecimientos en el Rayo Vallecano de Vallecas, señor Presa, de Vallecas, no le han dejado en buen lugar. Si empezamos por lo extradeportivo, nos echamos a llorar, si lo hacemos por lo deportivo…

En Vallecas pasan cosas que solo se pueden explicar siendo de aquí, viviendo el día a día y entendiendo lo especial que es una afición como esta y un club como el vallecano -circunstancialmente en manos de gente poco preparada para el mundo del fútbol y rodeada de gente preparada para cualquier cosa, incluido el fútbol-. Ni unos ni otros parecen tener pinta de salir de aquí ni por la buenas ni por las malas y, entre tanto, tenemos que vivir momentos bochornosos como el sucedido hace semana y media. Un apagón por una tormenta no es la primera vez que sucede, ni será la última, un sabotaje son palabras mayores. Ver a tu presidente explicando lo sucedido en una pizarra, no tiene precio. Teresa Rivero hablaba de sus nietos, Martín Presa de «el de los cables». Hay cosas que, por mucho que queramos, no cambian. Del club moderno, avanzado, al de siempre, en Vallecas, no dista nada. Los que llegaron querían modernizar la institución, ¿qué han conseguido? Poco, muy, muy poco (como consejo, podrían empezar por limpiar los asientos del estadio, quizá esto fuera síntoma de su camino a la «modernidad»).

Después de lo que pudimos vivir en el Zorrilla, a más de uno nos daban ganas de correr a gorrazos al más pintado. Siento llevarle la contraria a Paco Jémez al que, cuanto menos, le sigo dando el beneficio de la duda. No ha ganado nada, no ha hecho nada especial, ni siquiera ha inventado la penicilina pero, al menos, se ha ganado mi respeto y lo ha hecho llamando a cada cual por su nombre. Jémez se equivocó en Pucela, pero no lo hizo con el planteamiento únicamente, algo discutible, sino por dar nuevas oportunidades a jugadores, con nombres y apellidos, dotados técnicamente pero faltos del carácter que un equipo humilde debe presentar en cada acción, en cada disputa del balón. Alguien me dijo un día que si Trashorras pelease como Javi Fuego no estaría en Vallecas. La cuestión está en que el Rayo necesita a cuatro ‘Javi Fuego’ para proteger la clase y la calidad de Trashorras. Si a esto le sumamos que su compañero era Adrián, poco más se puede decir. Calidad y clase, indiscutible, compromiso, trabajo y brega, es otro cantar. El pobre Tito quedó en evidencia y Amat, acostumbrado a tener compañeros a ambos lados, se despistó y dejó a Labaka con el ‘culo al aire’, y eso para un jugador como él es demasiado riesgo. Ya me perdonarán, pero si Sergio Ramos lo tiene tan ‘pelado’ como Luis Aragonés, la defensa del Rayo lo dejó al aire y el Valladolid se puso moradísimo.

Volvía de Valladolid rumiando los puntos, el set y el partido perdidos en Pucela y tratando de digerir tanto despropósito. Le daba vueltas al planteamiento, el mismo que nos maravilló en el Villamarín o el mismo que, aprovechando la ‘pájara’ del Atleti, nos hizo soñar con diez minutos maravillosos en el Calderón. El Rayo merece jugadores que destrocen el escudo a golpes de corazón, el que no esté preparado que vaya dejando paso. Vallecas no se merece goleadas como la del domingo, los cientos de aficionados desplazados a Valladolid merecen un mínimo respeto y una disculpa, siempre después de haberse partido la cara por cada balón dividido y después de haber puesto el hombro al servicio del compañero. Estoy seguro que Jémez ha tomado nota y que, a partir de mañana, les volverá a leer la cartilla a todos aquellos que con un brazalete, con una palmadita en la espalda o con dos aplausos tras un regate, se han creído que Vallecas es otra cosa. Aquí hay que correr y pelear, con defensa de tres, de cuatro o de cinco, y el que no lo haga, a limpiar esos asientos en los que se sientan los que llevan al Rayo en el corazón y destrozan el escudo cada domingo con las palpitaciones que les provoca su equipo. A partir de ahí soñamos todos, a eso me apunto.