Una conciencia muy poco tranquila

La controvertida actuación de Pino Zamorano en el encuentro que enfrentó a C.D. Tenerife y Rayo Vallecano nos lleva a reflexionar acerca de un estamento, el arbitral, que con situaciones como las vividas ayer sale muy mal parado. El castellano-manchego no solo se equivocó, errores cometemos todos, sino que lo hizo con control.

Opinión. Parece la rabieta de siempre. Se pierde, se carga contra el árbitro. Que si un penalti, que si una falta, que al otro le permites más que a mí, ¿por qué no le expulsa?… No es cuestión de sentirse perseguido, ni maltratado, ni siquiera perjudicado, es cuestión de intentar ser fríos y buscar una explicación a ciertas cosas. La única que se me ocurre es que, como en todo, aquí los hay muy malos. Ya lo decía Lucas Alcaraz cuando visitó el Teresa Rivero: «Hay árbitros que pitan lo que saben, y otros que saben lo que pitan». Con esta frase se resume claramente la intención y el control de ciertos colegiados, que debido a su falta de criterio y aplicando las normas como les viene en gana, señalan penaltis de los que luego dudan, se guardan las tarjetas conscientes de lo que sucede si las muestran, compensan con penaltis que ya no sirven para nada… Pino Zamorano se merece un descanso, hay quien piensa que por el resto de la temporada.

El colegiado del encuentro de ayer en Tenerife tuvo control de la situación. Se equivocó, sí, claro, pero lo tenía todo bajo control, no se le escapaba detalle alguno. En el penalti de Arribas puedes dudar, mano o no mano, bien, pues a partir de ahí estuvo todo el partido ‘rumiando’ una posible compensación. Primero manda repetir el penalti por invasión de un jugador del Tenerife. Con el reglamento en la mano está bien aplicado, y si no lo hubiera señalado le hubiéramos criticado más, pero da la impresión que ante las dudas que quedaron en su cabeza quiso dar una segunda oportunidad a Cobeño para detener el penalti y quitarse de encima el marrón. Las protestas de los jugadores del Rayo y su propia apreciación le hicieron dudar en exceso, tanto, que tardó una eternidad en señalar la pena máxima. ¿Si no estaba convencido, por qué lo señaló?

¿Por qué no mostró tarjeta amarilla a Dubarbier cuando con toda la intención del mundo cortó con la mano una jugada en el medio del campo? La explicación es clara, sabía que tenía una amonestación anterior y debía expulsarle. Debió parecerle demasiado castigo para una acción tan absurda pero, otra vez con el reglamento en la mano, eso, señor mío, es tarjeta.

Tampoco vio instantes después como el mismo jugador arrollaba a Armenteros. Los aficionados del Tenerife que estaban cerca de mí se echaban las manos a la cabeza lamentándose de la acción de su jugador, pasando después a las medias sonrisas por el sonrojo del lapsus arbitral. ¡Menuda mañana!

Controló los penaltis, meditó las tarjetas, dirigió la situación con amplia maestría. No se desvió ni un milímetro de lo que suele ser habitual en sus actuaciones. ¿Por qué no señaló una falta clarísima, durísima, feísima a Aganzo? Esto también tiene su explicación. Si la señala, es tarjeta, y Julio Álvarez tenía una anterior. Él lo sabía. SI no hay falta, no hay tarjeta… y ¡jueguen, jueguen!

Uno puede ser mal árbitro, incluso puede no saberlo y creerse algo diferente, pero lo que no se puede hacer es reconocer su incapacidad intentando contentar al agraviado. Te equivocas una vez y, cuando rectificas, lo vuelves a hacer. Doble error, doblemente malo. Pitar un penalti en el minuto 93 a favor del equipo al que has impedido jugar con la ventaja lícita del propio juego e incluso con la desventaja ilícita de penaltis que no son y ‘no penaltis’ que son, supone una conciencia muy poco tranquila.

No es una persecución, no es un agravio, no, no es nada de eso. Es simplemente, que uno es malo y sabiéndolo lo gestiona como le viene en gana. Con un poco de suerte, alguno de estos acabará en la Segunda B y el Rayo se librará de él. La pena es que en Primera, si al final se consigue dar el salto, los que nos esperan son tan «gestionadores» como todos estos. Y encima alguno es internacional, ¡cualquiera le dice nada!.