Opinión. «Fui la avanzadilla que quiso ver la llegada de sus héroes al lugar en el que tendrÃa lugar esa penúltima batalla que terminarÃa por hacernos ganar una guerra repleta de bajas».
Opinión. Les vi paseándose por las calles de San Sebastián y pensé que eran invencibles, me creà invencible. En los dÃas y horas previas me habÃa autoconvencido de que nada ni nadie nos pararÃa, que lo del Madrid y el Atleti tendrÃa su continuidad, que el fútbol serÃa justo y premiarÃa al valiente, al osado, al que no se esconde ante nada ni nadie. Camino de Donosti iba calibrando los momentos en los que mi alegrÃa serÃa desbordada, mi pasión saciada, mis nervios calmados. Llegar a Euskadi, con la franja empujando, fue sentir la paz y la tranquilidad que emana de tierras verdes, con pueblos marcados por el entorno y su historia, de gentes nobles que te acogen como si fueras un hijo llegado del exilio. Me sentà invencible.
Fui la avanzadilla que quiso ver la llegada de sus héroes a la plaza en la que tendrÃa lugar esa penúltima batalla que terminarÃa por hacernos ganar una guerra repleta de bajas. Escuché al enemigo vitorear a mis héroes y me crecà más todavÃa. Nada podrÃa con nosotros. El entorno era el idóneo, grande, abierto y amable. La acogida del personal de la Real Sociedad fue espectacular (mejor que el que me cuentan tuvieron muchos rayistas a su llegada, es justo decirlo también). HabÃa hablado con aficionados de la Real y todos apuntaban en la misma dirección: «Espero que os salvéis», «siempre que he ido a Vallecas hemos sido muy bien recibidos», «no quiero que descienda el Rayo». SeguÃa en mi burbuja, que me hacÃa inmune al peligro y que me hacÃa, sin saberlo, mucho más vulnerable.
Vi gestos de emoción contenida en las caras de mi gente, que se habÃan metido un palizón entre pecho y espalda para llegar unas cuantas horas antes a aquel lugar y regresar algo más tarde con un botÃn que todos deseábamos. Me sentà algo inquieto al ver a mis héroes preocupados en los momentos previos a una batalla que pensé estaba ganada de antemano y me intranquilizó lo que, en principio, creà que era un mero «postureo» de la Real Sociedad. «No querÃan meterlo», pensé, «ha sido solo para demostrar a los suyos que están aquà y siguen vivos, pero nuestra necesidad terminará por llevarse por delante…» lo que yo creÃa que era algo pasajero. El mexicano me hizo pensar que era más invencible todavÃa y cuando muchos estaban dando buena cuenta de su bocata, mientras buceaban en internet para saber qué pasaba en Sevilla con el Granada o en Getafe con el Sporting y su anfitrión, yo seguÃa creyendo y, llamadme iluso, me encargué de hacérselo ver a los que estaban a mi alrededor. Hablé con alguien que sabe mucho de esto del fútbol y más aún de esto del Rayo. Le vi preocupado y le dije convencido: «Lo vamos a remontar». Lo traÃa aprendido de casa, era un guión que no podÃa cambiar. SeguÃa creyendo que éramos invencibles.
Pasaba el tiempo y mi convicción fue tornándose en desesperación. Llegó el gol de Javi Guerra y luego la expulsión de Granero y todo volvió a cobrar sentido. Ya estábamos más cerca. Me desesperé con cada centro pasado de Embarba, con cada pase mal ejecutado, con cada remate despejado por la defensa y con Manucho y con Miku y con este y con aquel. Me alegré con las carreras de los recogepelotas y disfruté con el apoyo de los que nunca te dejan solo. Y seguà creyendo.
Horas después todavÃa no entendÃa qué habÃa sucedido. VeÃa las caras desencajadas de Trashorras y Embarba, los ojos vidriosos de Montiel, la desesperación y el llanto de varios amigos de grada y desperté de mi sueño para entender que solo habÃa una razón por la que éramos invencibles: la fuerza de la gente de mi barrio obró el milagro. La vuelta a casa, roto, decepcionado, triste, dolido y abatido, fue dura. Hoy me cuentan que habrá lleno hasta la bandera el domingo y ya empiezo a venirme arriba, porque al final va a ser cierto que somos invencibles.
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