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Paradas Romero maximizó las distancias

Opinión. Paradas Romero fue determinante en la derrota abultada del Rayo Vallecano en Mestalla. Nadie sabe lo que hubiera ocurrido si no se pita un penalti inexistente, lo que sí sabemos es lo que ocurrió.

Opinión. No es cuestión de echar sobre el colegiado todas las culpas, porque no todas fueron suyas, pero tampoco es de recibo que se llame Paradas Romero, o se llame como se llame, se vaya de rositas después de favorecer al grande, en la casa del grande, a costa del chico. Es una vergüenza que en este mundo del fútbol patrio los que hablen de árbitros sean Madrid y Barcelona. Que los que se sientan perjudicados, agraviados, perseguidos y maltratados sean los poderosos, a mí, personalmente, y después de lo visto ayer mucho más, me provoca cuando menos risa -la rabia la dejo para otras situaciones mucho más cercanas que de momento, por prudencia, es preferible no entrar a valorar, tiempo habrá-.

Lo de Paradas fue un error de los grandes, de esos que nunca cometería en el área local. Alguien que sabe de esto me decía «¡qué fácil es pitar estas cosas al Rayo!», y razón no le falta. Que un asistente a apenas unos metros de distancia vea penalti en la acción de Arribas es llamativo, que el colegiado, que debe seguir la acción de cerca, lo pite, denota, primero que no vio la acción y segundo que seguramente ambos hubieran mirado a la grada si hubiese sido una acción de signo contrario. A Diego Costa le tiraron varias veces sin castigo, ahí miraron a la grada. Es verdad que el brasileño es peleón, que provoca, que le gusta entrar en contacto con los rivales y que muchas veces exagera en busca de algo que no hay. Aún así, cuando es falta, Paradas Romero, es falta, y me da igual que quien cae se llame Diego Costa y tenga una camiseta con una franja roja.

La pena de todo esto es que Paradas Romero cortó un atisbo de reacción de un equipo modesto y valiente, que Arribas fue amonestado por protestar -con toda la razón del mundo ante un error clamoroso- y que Sandoval, que no entendía nada, también fuera amonestado. Lo peor de todo es que encima uno se tiene que callar. «Tengo por costumbre no hablar de los árbitros», decía Sandoval mientras se mordía la lengua para no decir lo que realmente pensaba. «Qué fácil es pitar al Rayo», decía esa persona que sabe lo que dice y cuando lo dice. En fin, que el Rayo es el Rayo y que todos los Paradas Romero del mundo no apagarán la chispa de aquellos locos que salieron de Madrid al medio día y llegaron de madrugada después de animar a su equipo y tras ver cómo este hombre, que se irá de rositas, les jodía la tarde.