He escrito y he contado mucho sobre Leipzig, sobre la final de la Conference. He pensado y sentido mucho en relación al viaje, a la experiencia, a los recuerdos, a la compañía… He recordado todos los momentos en los que me emocioné, con mayor o menor intensidad, y todas las sensaciones que acumulé desde que puse mi primer pie en Leipzig hasta que volvimos a aterrizar en Vallecas.
Por medio quedaron un partido de fútbol perdido y una Copa que no se vino con nosotros, pero sigo diciendo que lo repetiría un millón de veces, porque aunque «Ganar debe ser la hostia», vivir una final europea con el Rayo superó todas mis expectativas. La ilusión de la gente, las caras de alegría por estar en aquel lugar y en aquel momento. La fiesta en la Fan Zone, el Corteo hasta el estadio, los primeros cánticos, el tifo, el minuto 24, los incansables ánimos, el gol del Crystal y el apoyo de la grada… el seguir animando y confiando y el pitido final y que no se moviera nadie de esa puñetera grada y que los jugadores recibieran el apoyo de cerca de 12.000 aficionados tan rotos como orgullosos… y la emotiva y emocionante rueda de prensa con Iñigo y el aplauso final que yo mismo arranqué y esa zona mixta mucho más abarrotada de lo habitual.
Y regresar al centro de la ciudad y pasar una larga noche en la Estación de Leipzig con cientos de aficionados… Y mandar y recibir infinidad de mensajes de gente de aquí y de gente de allí. De los que estaban en Alemania y de los que lo habían visto en casa o incluso en las pantallas de la vergüenza del Estadio de Vallecas, que ni para eso somos capaces de hacer las cosas medianamente bien.
Me crucé con viejos amigos a los que conozco de hace décadas y con los que, por unas razones u otras, ya no hemos tenido la oportunidad de compartir aquellos viajes en franjirrojo. Hablé con gente que recordaba la Segunda B y que se frotaba los ojos para asegurarse de que lo que estábamos viviendo era real. Porque lo era, porque el Rayo estaba disputando una final y, además, una final europea.
Porque por una vez éramos nosotros los que estábamos del otro lado, cuando durante los 102 años de vida de este club nunca nos vimos en algo como aquello.
Hubo desgaste físico de la mayoría y económico, por supuesto, pero también recibimos un chute tremendo de autoestima, de emotividad, de sentimiento, de orgullo y de alegría. Hubo quien mientras me abrazaba me decía que lo disfrutara porque me lo merecía y mi respuesta no podía ser otra que un “¡Y tú mucho más!”.
Las miradas de complicidad con los que no era necesario decir nada para entender lo que estábamos viviendo. Y un simple movimiento de mano para decir, ¡Joder, qué pasada! Y las lágrimas de emoción cuando ya no aguantas más y dejas que todo salga de manera natural. Y de nuevo la alegría y el orgullo por sentirte parte de algo tan grande.
Todo fue una experiencia única, inolvidable.
Podría seguir, pero ha llegado el momento de agradecer al Rayo y a la UEFA por las facilidades brindadas para que pudiéramos ser testigos de algo tan grande, a la afición del Rayo por su demostración de poderío y por dar una lección a toda Europa de cómo se comporta la gente de Vallecas en la victoria, pero sobre todo en la derrota. A nuestros patrocinadores por no abandonarnos en ningún momento, a mis compañeros por hacerme la vida más sencilla y a mi familia por hacer que mi viaje fuese tan profesional como personal, tan serio como divertido.
A nuestros lectores y a todos esos oyentes a los que no pudimos ofrecerles el último capítulo de una historia que nos hubiese gustado que fuera interminable. Gracias a los que viajasteis a Leipzig y convertisteis un partido de fútbol en un cuento de hadas y a los que os quedasteis en Vallecas ofreciendo imágenes increíbles también. Gracias a los jugadores y cuerpo técnico del Rayo por permitirnos vivir algo tan grande y como ya escribí hace unos días, que nadie dude de que «las finales no se ganan ni se pierden, se disfrutan» y nosotros en eso hemos sido unos auténticos campeones.
¡Gracias Rayo, gracias afición!
