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COLUMNA DE OPINIÓN

De la gloria europea al infierno de Vallecas

No hace ni dos meses que saboreábamos las mieles del éxito con una final europea y ya estamos inmersos en la cruda realidad diaria

De la gloria europea al infierno de Vallecas
Imagen de la camiseta que lucieron muchos aficionados del Rayo en la final de Leipzig (c) Pasión por el Rayo

En estos días, el universo del fútbol sigue con atención las aventuras y desventuras de las grandes estrellas del balompié mundial. Messi y su Argentina, Lamine y nuestra España, Kane, Haaland, Mbappé… Todas las miradas están puestas en un país que se puede permitir el lujo de vivir más allá de la ley, tanto en lo internacional como en lo futbolístico. Que el señor del pelo naranja decida convertir Gaza en un resort o arrasar un país entero ya no nos sorprende. Imaginaos lo que sería capaz de hacer si esto del fútbol le interesara lo más mínimo; aunque sus tentáculos son alargados, al menos esta vez su esperpéntica participación quedó para ridiculizarle a él y a la FIFA. Que sea ese mismo señor quien decida si una tarjeta es roja, amarilla o si no existe, se ha convertido en la última expresión de lo podrido que está este deporte, da igual el nivel al que se mire.

Pues bien, mientras en el país de las libertades (podéis reíros libremente) se decide si la corona de este fútbol viciado se coloca sobre la cabeza de un argentino, un francés, un inglés, un español, un suizo o un noruego (parecería el principio de un chiste, o quizá lo sea), hay un pequeño reducto en el que la vida sigue anclada en los años 80. Un sitio en el que nada cambia. En Vallecas, con alguna cara nueva y muchas que ya forman parte de nuestra propia familia, todo sigue igual.

No hace ni dos meses que soñábamos con levantar un trofeo europeo. No hace ni dos meses que vivíamos la mayor y mejor aventura de nuestras vidas con la franja, viajando por el Viejo Continente como, veinticinco años atrás, lo habían hecho otros vallecanos. Por segunda vez en la historia estábamos viviendo una vida que parecía no pertenecernos; un sueño que tardó un cuarto de siglo en repetirse y en mejorarse. No hace ni dos meses que terminó aquella epopeya por Suecia, Eslovaquia, Polonia, Turquía, Grecia, Francia y Alemania, y ya estamos inmersos de nuevo en las miserias de un club que se sostiene de puro milagro.

De vuelta a la realidad. Mientras en la plaza de Colón celebran los goles de Oyarzabal y Merino, y mientras las calles de nuestro barrio sustituyen (aunque no por completo) la franja roja por el blanco roto de la nueva equipación nacional, el Rayo sigue agrandando su negro historial chapucero. En Vallecas, el flamante finalista de la Conference no tiene un estadio en condiciones donde trabajar, ni una ciudad deportiva en la que poder dar sus primeros pasos. El Rayo ha tenido que emigrar a Fuenlabrada para entrenarse ‘a puerta cerrada’, o eso nos han querido contar. Porque no se le pueden poner puertas al campo y, de donde no hay, no se puede sacar. Y aquí no hay; ponedle vosotros el adjetivo que corresponda.

Porque, más allá de las instalaciones, de las condiciones mínimas de trabajo para jugadores y cuerpo técnico, y más allá del sempiterno tira y afloja entre el club (o su presidente) y la Comunidad de Madrid (o su presidenta), el resto es un constante déjà vu. Un bucle que no cambia ni llegando a una final europea ni proclamándonos campeones del mundo de lo que sea.

Aquí no se sabe nada de los abonos ni del ‘premio’ que los socios de la temporada pasada merecen tras haber ayudado al club a ingresar un buen puñado de millones de euros. Aquí no se sabe nada de las equipaciones ni del regreso de la franja a unas camisetas de las que, por capricho de su dueño, desapareció para volver únicamente de manera testimonial en la zamarra de los porteros. Menudo desprecio. Y aquí seguimos añadiendo desagradables capítulos de acusaciones hacia aquellos que no dejan de trabajar para engrandecer el legado del rayismo, como los organizadores de la Carrera, por poner solo un ejemplo.

La vida sigue igual y tiene pinta de seguir así por mucho tiempo. Mientras en el país del señor del pelo naranja se decide quién se queda con el cetro del fútbol mundial, en Vallecas, ese pequeño reducto de fútbol casi ancestral, no hay debate. Aquí todo sigue su curso.