Opinión. Como ya ocurriera con Salamanca o Soria en Segunda División, Zaragoza se ha convertido, por méritos propios del Rayo Vallecano, en un lugar apetecible para jugar, animar… y vencer.
Zaragoza volvió a ser una plaza en la que el Rayo podÃa, sabÃa y debÃa demostrar que las gestas y las «re-mon-ta-das» son posibles. Allà marcó Sousa, un menudo jugador malagueño que llegó en el mercado de invierno para solucionar unos problemas que le vinieron grandes, y allà marcó Diego Costa, otro jugador que llega con el frÃo para elevar la temperatura de la grada y poner ‘patas arriba’ a una afición maña que utilizó el silbato para atronar los oÃdos del «desaparecido» Agapito Iglesias y que terminó usándolos para acompañar a algún grito de «mercenario» hacia sus propios jugadores.
Asà se escribe la historia de una falta de respeto. La de los mandamases del fútbol nacional que se rieron un dÃa de los aficionados vallecanos cambiándoles la fecha del partido del Camp Nou de manera vergonzosa, y de los mismos que eligen los que consideran peores horarios y que, si no lo son, al menos lo parecen. Domingo a las 19.45 es una hora como otra cualquiera en esta locura de calendario en que desde por la mañana hasta por la noche puedes engullir fútbol enlatado en la pantalla de tu televisor. Beneficio para unos pocos. Lo que no es de recibo es que dos semanas de desplazamiento consecutivas, estos señores de los horarios decidan que el Rayo juega a esa hora. Zaragoza es un lugar asequible para un desplazamiento numeroso, ya ocurrió hace unos años en Segunda -aquel que mencionábamos de Sousa llevando el delirio a los que allà estábamos- y asà sucedió ayer -a pesar del frÃo y de la poca cabeza de los que dirigen este negocio-. También Valencia es un desplazamiento apetecible para la afición del Rayo pero, una vez más, domingo a las 19.45 horas. Casualidad o no, está claro que los que seleccionan los horarios no son aliados de un Rayo que quiere hacer historia en esta liga, aunque para ello deba luchar contra casi todos.
Los ‘locos’ que ayer acudieron a la Romareda, como ya sucediera hace unas temporadas en Segunda División, disfrutaron de los goles de Diego Costa y Michu, y lo hicieron en «su porterÃa». Junto a ellos, los delanteros rayistas empujaron esos balones. La cabeza de Diego Costa tenÃa detrás cientos de manos empujando, y el desmarque de Michu le llegó como «un soplo» desde la esquina en la que Vallecas se hizo grande, enorme.
Las bufandas del Rayo, las banderas del Rayo y los cánticos de ánimo del Rayo cubrieron La Romareda por completo. No hubo tregua, no hubo fin. Vallecas volvió a vivir, a pesar del frÃo, a pesar de la hora, a pesar del rival, a pesar de todo… otra noche histórica en una plaza que, como Salamanca o Soria, ya se ha conquistado. Zaragoza es vallecana, me gustarÃa volver dentro de poco.
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