Ahora ya podemos hablar en primera persona de lo que significa vivir una final. Ahora ya podemos entender y explicar lo que se siente en un momento en el que sabes que todos están poniendo el foco en lo que haces, en cómo lo haces y en lo que significa cada momento vivido y compartido con los tuyos.
En Vallecas la vida se vive a otro ritmo, con otro propósito. Aquà los pequeños detalles cuentan, porque todos sabemos el esfuerzo y el sacrificio que conllevan. Aquà no se desperdicia nada, ni un cigarro, ni una cerveza, ni un viaje en metro… ni, por supuesto, una final europea. Porque, al contrario de lo que dicen otros, las finales no se ganan o se pierden, las finales se disfrutan. Porque aquellos que desprecian las finales perdidas porque sólo quieren ganar nunca formarán parte de nuestra idea de la vida, porque aquellos que ven todo como blanco o negro no tienen nuestro ADN.
Hay quien opina que la historia sólo reconoce a los ganadores, que nadie se acuerda del subcampeón y que los perdedores desaparecen de los libros de historia de la vida. Pues aquà está la afición del Rayo para decirles que sus libros no les importan y que la historia la escriben los que la viven, porque las finales no se ganan o se pierden, las finales se disfrutan.
Ahora podemos explicarles cómo se prepara una final. Todo lo que tuvimos que hacer para poder llegar a Leipzig. Los esfuerzos económicos, laborales, familiares y la cantidad de tiempo invertido para ir a disfrutar de una final de su Rayo. Ahora podemos explicarles que una final no es un partido de fútbol, que es mucho más. Una Fan Zone preparada por la propia gente del Rayo, porque el club no prepara nada. Un corteo dirigido, manejado y controlado por la propia gente del Rayo, porque el club no dirige, maneja, ni controla nada.
Porque pasar una noche entera en una estación de tren no era una elección sino una obligación. Porque no habÃa alojamientos accesibles desde hace meses y porque no habÃa otros lugares habilitados para que cientos de rayistas pudieran pasar sus últimas horas en una ciudad que no estaba plenamente preparada para acoger un evento de esta magnitud. La final no era un partido de fútbol, era mucho más.
Lo vivido esta semana quedará para siempre en el recuerdo colectivo de un barrio que jamás se imaginó algo como esto. Y estoy seguro de que la mayorÃa de los allà presentes repetirÃan una y mil veces esta final, independientemente del resultado, aunque «ganar tiene que ser la hostia». Nosotros ya hemos ganado, aunque los libros de historia del fútbol europeo no se acuerden de nosotros. Nosotros ya hemos ganado, aunque los «Oscars» no levantaran la Conference. Porque las finales no se ganan o se pierden, se disfrutan. Y en eso, somos unos campeones.
